Tantas estrellas como latidos en mi corazón


El mundo se cae en pedazos, la gente muere y el infierno prende, pero, bajo la atenta mirada que mantienen mis ojos marinos, ya nada me importa. Que le jodan al mundo.
Decidí acompañarla hasta casa, bajo el oscuro cielo del anochecer, hacia el otro extremo en donde yo vivo. Asesinatos, desempleados y desatendidos, es lo único que sale por su boca, es lo único que la preocupa, ella quiere cambiar el mundo, quiere mejorarlo, quiere salvar vidas y dar esperanza. Entonces me doy cuenta de lo egoísta que soy; yo solo quiero agarrarla de la mano, besarla, decirla que la quiero, y que nada podrá separarnos, pero es tanta la distancia que nos une, que ya solo puedo tragarme mis sentimientos.
Da igual lo oscuro que esté el cielo, sus ojos seguirán brillando, seguirán con ese precioso color verde, pero sus labios de fresa no dejan de decir lo mal que está el mundo, sus ganas de hacer algo grande, y un mar de profundas dudas que he dejado de escuchar. La agarro de la mano y hago que pare en mitad de la calle. Cruzamos miradas y, antes de que salgan las palabras por su boca, la beso. Saboreo sus labios como siempre he soñado hacerlo. Me gustaría permaneces así para siempre, pero el tiempo se escapa entre los dedos de nuestras manos, y cuando nos soltamos, mis palabras fluyen solas:

-Joder, también pasan cosas buenas en el mundo.

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